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27 febrero, 2013

Espectro Frances.

Era París, la excéntrica y más hermosa, París en el 1928, la de orgías, coñac y champagne; la de avenidas lluviosas y amores de calle...

Y precisamente fue ahí, en medio de una calle sin luz donde apareció la chica de rizos dorados y, extrañamente, ojos negros tal como una laguna en noche nublada. - ¡Pobre muchacha tonta! - Pensó él- de hecho fue lo único que podía procesar su mente al verle caminar descalza, ebria, tan extravagante paseando en la madrugada por el Pont Neuf.

Es fácil amar de madrugada, donde la soledad ataca despiadada, como alimentándose de lagrimas amargas y risas irónicas; entonces ¿por qué seria Jean Pierre indiferente a esta situación? La chica de rizos era el reflejo de una diosa desterrada y deprimida, entregada a las ostentosas recepciones parisinas; y aun así, no tenia valor ya que en horas solo le quedaba vagar por las calles oscuras, como buscando el final del recorrido.

Así, sin más preámbulo, sin salir una sola palabra de la boca de este poeta olvidado; se acercó a la vulnerabilidad de la vagabunda que le enamoro con la sutileza de sus caderas aquella madrugada; robando sus rizos dorados entre sus manos, espantando sus penas con sus labios ...

- Mujer de piernas largas, pésimo acento francés  apariencia Pampa, ojos profundos, pies delgados (pues caminó descalza), mujer de tantos secretos y aun así, esa noche nada tenia importancia ... Era el perfecto amor que se encuentra en Francia-.

Sin devolver la mirada, Jean Pierre estaba ahí, atado a los labios de una suculenta desconocida con pies de marfil, ahogando todo remordimiento en prendas de mujer.
Tomándole por la cintura y sin desprender sus labios un solo momento, la llevo a un lugar donde todo recurso de poderío estaría agotado, donde simplemente él estaría a sus pies. (Es París, cualquier sitio cómodo es un nido ideal).

Con desespero y ansiedad, el poeta olvidado hizo de la rubia mujer su victima. -¡Que el diablo este entre nosotros! -Gritó- Procediendo a besar sus hombros desnudos por su vestido ajado,
Sin planearlo era ahora él la victima de su antojos, de una piel hecha de chanel, de los gemidos de tal mujer, de una piel que transpiraba y olía a tabaco importado.
Se hacia fácil enredarse con su cabello, puesto que era rizado; tan dorado que la luna se encargaba de hacerlo brillar ...
Jugando con su mano por la espalda de ella, jugaba como una araña que sube y baja, así fue como la vagabunda inocente de París sopló la nuca de su amante de turno, entregándole aquello que iba a dejar de ser.

Sus piernas que parecían de seda le envolvieron como tijeras, haciendo añicos el gran hombre que aparentaba ser, convirtiéndolo en un vil esclavo de su pronta humedad. Y allí se acerca la caricia que implosiona, la que destruye complejos y parametros, la que une a dos extraños.
Sin noción, él con su barba exploró todos los secretos de una mujer desgraciada, enseñándole que era la vida sin miedo a morir en tal instante. Descendiendo, murmurando, delirando fue como regaló al vientre de su hermosa amante un cosquilleo; donde, como mujer, no queda más que explotar como lo hace una Supernova. Su vida se acababa, él, solo él supo amarla sin aun escucharle hablar. Le regaló poesía transcrita en su pecho, le regaló un motivo para irse en paz.

Entonces, llega el alba ...

Ella no esta, mas que sus zapatillas sin usar; como una sombra que con luz se espanta... como papiros, como champagne en el anden, todo perdido.

Y él esta con palabras atragantadas, como cuando el primer amor se va; sin embargo, sin importar de que sea un espectro de su imaginación, la hizo inmortal tachando con tinta en una pálida hoja el nombre de una desconocida.





Esto es Paris, la de avenidas lluviosas, la de amores de calle, la ciudad autora de pasiones que madrugan. Aquella ciudad donde cualquier amante se condena en callejones; París del 1928 es la ciudad donde probablemente su mujer de rizos dorados se encuentra bailando con Gardel.

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