... La diferencia de tal domingo era notoria; no era como cualquier otro, este, por el contrario, era más frío y sollozo; con más recuerdos y nostalgias.
Ella no era inmune a ello, pues estaba ahí sentada, buscándole para reír como era de costumbre, para alimentar su masoquismo extrañando sus labios aun sin saber si él hallaba importancia.
Resulta que tal domingo sucedió más corto que otros, con menos horas para soñar y escribir, y a él parecía no importarle, ya hace 6 días que había dejado de quererla. (Muchas veces me pregunto si alguna vez la quiso, o solo fue el típico refugio a su soledad).
No era un domingo cualquiera, ya que ella no sonrió como niña enamorada, ya sus fuerzas se habían esfumado en la madrugada. Aun así, como de costumbre, prefiere mentirse leyendo libros de caballeros y princesas, como si el sentimiento entre ellos dos fuera el de La Maga y Horacio Oliveira.
Ella lo quería -no lo puedo negar-, aun conociendo sus usuales y frías mentiras, aun sabiendo que aquel beso donde su alma entrego, para él fue un eufemismo.
¡Para nada era un domingo común! Porque sin predeterminar, como por inercia, ella sentada le seguía esperando, como la voz que la resucita y luego deja morir con su partida.
-¡Que espera más absurda!-le reproché- Él ya se fue a refugiar en un mejor y más cálido pecho; él, quien dijo quererla por más de diez años, ya se rindió, ya murió. No se porque, pero ni yo logro entender aquel apego de mujer a un hombre que nunca nada le prometió ni siquiera yo llego a tal discernimiento aun siendo su alter ego, su otro reflejo ...
... Pero de ella ni una sola palabra sale; quizá sean las incoherencias que rodean su desorganizada cabeza las cuales no le dejan escribir ... O solo la resignación silenciosa se apoderó de su garganta.
Sea como sea, fue ahí, con aquella tonta, que pude descubrir la decepción... Con una mirada débil y aun así penetrante, una mirada como cuando los ángeles lloran sin reprochar los pecados de la humanidad, donde se les acaban las fuerzas para condenar.
Es fácil darse cuenta que todo ha concluido en un domingo que no es como cualquier otro, porque sin entregarse sabía que su piel ya lo aborrecía y sus pies cansados estaban por correr detrás de él.
El hombre que su corazón había engrapado ya se iba, como huyendo de algo que lo aterraba, sin una palabra se limita a caminar buscando una puesta de sol.
Y no, él nunca la quiso; es sencillo suponerlo por palabras repetidas que también obsequiaba a forasteros. Sus propias manos se habían reducido a ser paños que secan la humedad de sus ojos; él tenia siempre un "mejor" horizonte, siempre prefería ahogarse solo, sin testigos, sin reproches. No la quería solo la necesitaba en finitas ocasiones para espantar sus fuertes ganas de llorar, la necesitaba pues bien sabia que a su ego ayudaba cuando lo había sentir indispensable para alguien, para ella...
(No es una historia completa, solo no es un domingo cualquiera; tampoco mueren los protagonistas, solo muere el motivo que los juntó en septiembre -lo recuerdo bien-. Es una historia común, sin propósito alguno; una historia de señoritas, de mujeres olvidadas, de divorciadas desesperadas, una historia repetida en ella...).
Al desarmar su alma, rendida a la espera de una voz que se supone la complementa(ba), se fue caminando mientras retumbaban sus oídos de música aun no inventada, refugiada en aquel rincón que nadie conoce, aquel lugar único que la hace invencible e inmortal.
Solo espero que quede la constancia, amiga mía, de mi advertencia a su ilusión romanticona. Muy bien le recordé que de un cabello desaliñado y desordenadas ideas nadie se enamoraría, no por lo menos alguien que sea real.
¿Quien iba a querer incondicionalmente a alguien que no planea lo que quiere, y se aferra a lo que no tiene? Él no la quería; no hay quien quiera a una niña que ensucia hojas con garabatos de tinta, no hay quien sueñe con una voz que no sabe cantar y solo prefiere pronunciar a poetas que nadie ya recuerda.
Por esto no era un domingo como cualquiera, era uno diferente... por lo menos para mi, aunque ella se encargo en hacerlo común, como cualquier otro... ella creyéndose ciega e inocente vuelve mojada por la lluvia para sentarse esperando un cariño que ya sabe bien que es en vano.